lunes, 13 de septiembre de 2010

India: DENUNCIA | LA RUINA DE LOS GRANJEROS. Suicidio masivo de algodoneros

13/09/2010

Rameshwar ha seguido el ejemplo de 6.200 granjeros de la India: se suicidó. La ruina se instaló en sus vidas al comprar a una multinacional semillas que duplicaron los costes. Mientras, el precio del algodón bajaba un 50%. «Crónica» visita el lugar del drama


RASHMI VARMA
/ JOHAN ROUSSELOT - CORDON PRESS
/ JOHAN ROUSSELOT - CORDON PRESS

Pratibha, cásate de nuevo, por favor. Te voy a dejar sola». Encontraron la carta de despedida para su mujer en los bolsillos de Rameshwar Kuchankar, un campesino de 27 años que no pudo resistir las deudas y se suicidó en la región de Vidarbha, en el centro de la India. Rameshwar se bebió una bolsa de pesticidas, igual que han hecho ya otros 6.200 granjeros afectados por el mal del algodón, una ecuación que siempre se cumple: el precio de producción sube, pero el precio de venta cae.

En Vidarbha, las morgues aguardan la llegada de nuevas víctimas de las deudas. Los campesinos honran a los suicidas con guirnaldas de flores anaranjadas -color santo de los hindúes- y los envuelven en sábanas blancas hechas con el mismo algodón que les mata. La tradición dice que las mujeres deben llorar a distancia, mientras los hombres contemplan cómo el muerto arde.

Si la muerte de los campesinos indios resulta más chocante es porque generaciones de pobreza y dificultades los han hecho especialmente duros. Pero la combinación de malas políticas agrarias, desinterés gubernamental y globalización a costa del Tercer Mundo están siendo demasiado. El suyo es, en parte, un suicidio asistido por Occidente. Las subvenciones millonarias que los Gobiernos ricos entregan a sus campesinos les permiten ir a los mercados internacionales con precios irrisorios. Vendan o no, ellos siempre tendrán asegurado el dinero público que garantiza a los políticos sus votos. Mientras sus políticos hablan de libre comercio y ayuda a los pobres, EEUU entrega miles de millones de euros a sus algodoneros. Un informe del Banco Mundial asegura que si esas subvenciones fueran cortadas, el precio del algodón subiría un 13% y campesinos pobres como Rameshwar podrían haber sacado lo suficiente para sobrevivir.

«Ibamos juntos al campo», cuenta tristemente a Crónica la campesina Babytai, de 45 años. Su marido, acosado por las deudas, se mató el pasado septiembre. Ella fue a por agua, como cada día, para mantener el cultivo de algodón. Y al volver, su marido se había bebido la caja de pesticidas. «La caja estaba vacía a su lado; él estaba sentado, con ganas de vomitar, y su boca olía a veneno».


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