martes, 22 de junio de 2010

¿El fin del Capitalismo "amable"?

22/06/2010

La posible caida de los últimos bastiones de la Europa Social


Observatorio Internacional de la Crisis/Rebelión


A principios del siglo XIX el canciller austriaco von Metternich había propuesto la necesidad de instaurar un Concierto Europeo supranacional, por encima de los intereses de cada Estado, como método de defensa común contra las revoluciones. Las diferencias entre el Viejo Orden y el Nuevo, que se iba asentando, lo impedirían en la práctica.

Fuera de ello, la idea de una Europa Común ya en el siglo XX en realidad no es europea sino estadounidense. La estrategia de Washington tras la Segunda Guerra Mundial para asegurarse su dominio del mundo capitalista estuvo basada en la apertura de los mercados de trabajo europeos a su capital y de los mercados de productos a sus bienes industriales. Algo en lo que se empeñó muy especialmente y obtuvo en la Alemania vencida, a la que impuso la total apertura de su economía a los productos estadounidenses y a su inversión externa directa. Después presionó para una integración de la Europa occidental a través de tratados que garantizasen la apertura de la economía de cada país a los productos de los demás. De esta for­ma, desde su base alemana, los capitales industriales estadounidenses tendrían a su alcance la totalidad de mercados de la Europa Occidental.

Durante cerca de treinta años EE.UU. lideró indis­cutiblemente el espacio político y económico unificado en que había convertido al hasta entonces conjunto disperso de potencias capitalistas. Sin embargo, a partir de los años setenta del siglo XX, con la transnacionalización del capital, inicia la carrera hacia el liderazgo mundial único en un mundo en el que la ley del valor del capital rige por igual en el conjunto de sociedades, rompiendo las reglas del juego con sus an­tiguos “socios”. Es por ello que Europa se ve forzada a buscar su reacomodo ante la falta de reglas y el uso de la fuerza militar a conveniencia que presidirán la nueva dinámica hegemónica estadounidense tras la caída del Este.

Pero sin proyecto político colectivo, ni política exterior común, ni capacidad de presión al coloso, la Europa occidental busca su espacio bajo el sol mediante el lanzamiento de su propia patente: la “globalización con derechos”, con la que pretendía atraerse también a las élites de las sociedades periféricas. Esta opción europea, al tiempo que consigue resaltar las contradicciones de la dominación made in USA, logra poner en evidencia la actitud de la principal potencia respecto a la propia Unión Europea: como viejos impulsores de ella los estadounidenses no pueden hacer explícita su actual oposición a la misma, antes bien necesitan socavarla mediante procedimientos velados.

Mientras tanto, paradójicamente, las clases dominantes europeas han ido dando los pasos pertinentes para aproximarse al modelo capitalista estadounidense (el más proclive a lo que se ha conocido como “capitalismo salvaje”), a través de una reordenación colectiva estratégica para debilitar la posición de fuerza que había conseguido históricamente el trabajo.

Desde el Tratado de Maastricht de 1992 al de Lisboa de 2001 el rosario de cumbres y acuerdos o tratados que salpican esos diez años responde a un cuidadoso plan de desregula­ción social de los mercados del trabajo (lo que significa la paulatina destrucción de los derechos y conquistas laborales), de liberalización económica (en detrimento de la intervención de carácter social de los Estados y en beneficio del papel que éstos juegan a favor del gran capital), y de ruptura unilateral, en suma, de los pactos de clase que habían mantenido cierto equilibrio social en la larga postguerra europea, extremando las desigualdades tanto intra como intersocietales entre los países de la Unión1.

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