viernes, 28 de mayo de 2010

Obama, PRESIDENTE DE LA HIPOCRESÍA

TARIQ ALI

¿Cómo se ha alterado el Imperio estadounidense en el año que ha transcurrido
desde que la Casa Blanca cambió de manos? Con la Administración
Bush, la opinión generalizada, tanto en la corriente de opinión dominante
como en gran parte de la sección amnésica de la izquierda, era
que Estados Unidos había caído en un régimen aberrante, producto de un
virtual golpe de Estado de una camarilla de fanáticos de derechas –o, alternativamente,
de corporaciones ultrarreaccionarias– que habían secuestrado
la democracia estadounidense para desarrollar una política de agresión
sin precedentes en Oriente Próximo. Como reacción, la elección para
la presidencia de un demócrata de una raza mixta que prometía curar al
país de sus heridas internas y restaurar su reputación exterior, fue recibida
con una oleada de euforia ideológica que no se veía desde los días de
Kennedy. Una vez más, Estados Unidos podía mostrar al mundo su verdadera
cara: decidida pero pacífica, firme pero generosa; humana, respetuosa
y multicultural. Naturalmente, reuniendo en su persona los ingredientes
de un Lincoln o de un Roosevelt de nuestro tiempo, el joven
nuevo dirigente del país tendría que llegar a compromisos, como tiene
que hacer cualquier hombre de Estado. Pero, por lo menos, el vergonzoso
interludio de arrogancia y criminalidad republicana había acabado.
Bush y Cheney habían roto la continuidad de un liderazgo estadounidense
multilateral que había servido al país adecuadamente durante y después
de la Guerra Fría. Ahora Obama lo restauraría.
Pocas veces la mitología interesada –o la credulidad bienintencionada– ha
quedado al descubierto tan rápidamente. Al margen del fondo musical
que acompaña a la diplomacia, no hubo ninguna ruptura fundamental en
la política exterior entre las Administraciones de Bush I, Clinton y Bush
II; tampoco ha habido ninguna entre los gobiernos de Bush y Obama. Los
objetivos e imperativos estratégicos del Imperio estadounidense son los
mismos, como siguen siéndolo sus principales teatros y medios de actuación.
Desde el colapso de la URSS, la doctrina Carter –la construcción de
otro pilar democrático de derechos humanos– ha definido al gran Oriente
Próximo como el campo de batalla central para la imposición del poder
estadounidense por todo el mundo. Es suficiente mirar cada uno de
sus sectores para ver que Obama es el vástago de Bush, como Bush lo
fue de Clinton y Clinton de Bush padre, como tantos engendros apropiadamente
bíblicos.

Seguir leyendo en el siguiente enlace:
http://www.rebelion.org/docs/106750.pdf

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